Hoy quiero compartir con ustedes algo íntimo y verdadero: mi propio proceso como acompañante, canalizadora y mujer sensible al movimiento del alma. Mi lugar en el mundo se fue construyendo paso a paso, decisión tras decisión, escuchando con atención lo que cada experiencia despertaba en mí.
Hace muchos años comencé a ordenar mis percepciones, sensaciones y síntomas físicos para poder habitar mi naturaleza con mayor coherencia. Llevaba una valija llena de intuiciones, dones y potenciales sin enfocar, que se expresaban en un vaivén de emociones intensas y, muchas veces, contradictorias.
En pleno despertar acudí a maestras y guías. Así llegué a distintas técnicas que, con el tiempo, se transformaron en maestrías. Mis primeras experiencias como reikista fueron profundamente claras y reveladoras. Recuerdo con nitidez la imagen de Jesús frente a mí, indicándome qué hacer con mis consultantes, mostrándome cómo guiarlos hacia una vida más alineada. Las sesiones nunca eran en silencio absoluto: había diálogo, guía y una presencia constante.
Con el paso del tiempo, mi recorrido se volvió también un camino de autosalvataje. Mi canal me permitió sostenerme, comprenderme y seguir adelante. De esa experiencia nacieron mis propias técnicas, que luego pude aplicar, comprobar y enseñar. Siempre sentí la necesidad de vivir lo que transmito; por eso hablo de espiritualidad práctica: aquella que se encarna y se verifica en la experiencia cotidiana.
Luego de muchos años, comenzaron a volver consultantes de hace una década o más. Volvían al canal que conocieron: “Ana, necesito Reiki”, “Ana, necesito registros”. Y ahí apareció la pregunta que marcó un nuevo umbral:
¿Estoy volviendo atrás?
¿Estoy regresando al origen?
¿Es el cierre de una etapa?
La mente se resistió al principio. Dudó. Quiso controlar. Pero recurrí nuevamente a mi sensibilidad, y entendí algo esencial: cuando actuamos como canal de sanación, el compromiso es con el alma, no con la mente. Decidí abrirme otra vez a las sesiones para comprobar qué estaba ocurriendo.
La respuesta llegó clara: volver al origen.
No como retroceso, sino como integración. Comprendí que durante años fui comunicadora y guía, expandiendo información con rapidez, pero que ahora era tiempo de volver a lo esencial con madurez.
Recuerdo una sesión de Reiki en particular. Charlamos, ordenamos la mente y pasamos a la camilla. Me situé en la cabecera, cerré los ojos y allí estaba nuevamente Jesús, con una claridad absoluta. Me dijo: “Mírame. Confía”. Fuimos recorriendo los chakras que permanecían cerrados por la mente y la emoción confusa, respirando oraciones y decretos, hasta que el campo se abrió.
En un momento se detuvo sobre el plexo solar y me mostró cómo descender la energía verde esmeralda sobre el campo de la consultante. No dudé. No parpadeé. Me emocioné, sí, como la primera vez, pero con una diferencia fundamental: ya no había miedo ni cuestionamiento. Había presencia.
Ahí comprendí la verdadera transformación. Hoy no dudo de mi canal ni de mis guías. No me aferro a técnicas. No temo equivocarme. Mi madurez me permite volver al origen con claridad, propósito y soberanía espiritual.
Las señales del amor no pueden ignorarse. Seguimos avanzando, pero también necesitamos recordar quiénes somos, de dónde venimos y para qué estamos aquí. Volver al origen es una forma de renovarnos, una y otra vez.
Ser alma en la tierra.
Y permitir que eso transforme la materia, de manera amorosa y verdadera.
Gracias, familia álmica, por estar aquí.
Sigamos compartiendo nuestros sentires.
Con Cariño Any